Después de 4 años de convivir con el cáncer, salió de mi vida hace ya 3 años, dejando un inmenso vacío en mi corazón y arrebatándome dos ramas de mi árbol, (primero mi tía y dos años más tarde, mi abuela).
Cuando tienes un enfermo de cáncer en tu familia por tantos años comienzas a sentirte enfermo también. Hay una preocupación constante y un temor a la perdida que te consume a diario. Vives angustiando inventando fuerzas para pararte frente a ellos como si nada. Acumulas las lágrimas del día para desbordarlas a media noche y de madrugada ruegas a Dios que con su infinito poder haga el milagro de sanidad. y luego, la transformación de cuerpo a luz ocurre igual, muy a pesar de tu latente oposición. y sufres y sigues sufriendo, pero te consuela el hecho de que ellos ya no lo hacen mas.Con el tiempo me he dado cuenta de cosas que en aquel momento no pude observar. y que hoy gracias a mis atesorados recuerdos he ido descubriendo. Por ejemplo, el modo distinto en que ellas enfrentaron su enfermedad.
Una, lo tomó bastante mal, tenía miedo a morir, creía que no había sido lo suficientemente buena como para irse al cielo, y le aterraba la otra opción. Pero al transcurrir las semanas y meses y dejar decantar la turbulencia de la noticia, ese miedo se transformó en uno mucho mas potente. el que significaba dejar solos a sus hijos, y eso sí, la consumió - quienes padecen cáncer deben estar en una emoción positiva para sobrellevar de mejor manera su condición - Hasta que por fin vino la resignación. La otra en cambio, parecía estar resignada a morir desde mucho antes de saber la noticia. Sin embargo ambas cultivaron un espíritu de entrega total a lo inevitable. La primera dedicó sus últimos días de vida a sus amigos y familia. los visitaba a modo de despedida y gratitud. Despojada de toda vanidad trasladaba su cuerpo adolorido y su rostro amarillento de un lugar a otro recorriendo el camino que la llevaba a aquellos que formaron parte de su historia. El ritual finalizaba casi sin palabras, solo con un fuerte abrazo y tímidas lágrimas que parecían obedecer a un grito de retaguardia que provenía de una fuerza interna.Mi abuela en cambio, no quiso salir más, salvo por una vez en que quiso escoger la porción de tierra que la albergaría por siempre. Parecía saber con exactitud el momento en que partiría. Comenzó a repartir sus tesoros y un día pidió que la bañaran. Luego arreglo sus ropas (un vestido que siempre usaba para ocasiones importantes), y dejo todo en una silla a un costado de su cama. Ninguno de nosotros comento nada, pero todos leímos el mensaje. Sabíamos que muy pronto lo usaría. 



Que lindo y cierto lo que escribiste y me llega mucho por que ahora me encuentro en la misma situación sólo que a muchos kilometros de distancia, ya que mi abuelo padece de cancer hace ya unos meses y ahora solo espera conocer a su bisnieto y el reencuentro con su nieto mayor para poder partir, y es muy fuerte observar a la distancia como la llama de vida se apaga poco a poco, pero tambien es gratificante observar la familia que logro construir a pesar de las dificultades
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Nataly Pizarro B